Críticas de Cine. ‘El renacido': vivir para vengarlo

Póster de El renacido

Año 1823. En las profundidades de la América salvaje, el explorador Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) participa junto a su hijo mestizo Hawk en una expedición de tramperos que recolecta pieles. Glass resulta gravemente herido por el ataque de un oso y es abandonado a su suerte por un traicionero miembro de su equipo, John Fitzgerald (Tom Hardy). Con la fuerza de voluntad como su única arma, Glass deberá enfrentarse a un territorio hostil, a un invierno brutal y a la guerra constante entre las tribus de nativos americanos, en una búsqueda implacable para conseguir vengarse.

Bien es sabido que a Alejandro González Iñárritu las convenciones del Hollywood contemporáneo se  la traen al fresco. Lo suyo es el cine implacable que, de una forma u otra, llega a lo más profundo, dejando siempre huella más allá del disfrute de la película.

'El renacido' no es una excepción, sino la enésima confirmación de un cineasta irreverente, creativo y siempre dispuesto a buscar la cuadratura del círculo.

Esta historia de venganza feral en condiciones imposibles es tan sincera y primaria en su origen como virtuosa en su ejecución. La cinta del mejicano es todo un prodigio de la magia del cine: los increíbles efectos visuales y físicos; la magnífica fotografía de Emmanuel Lubezki; la absorbente recreación de atmósferas (sentirán el frío, calándoles hasta los huesos) y, en general, el impecable acabado de la cinta consiguen meternos de lleno en la peripecia del explorador Glass.

Y, cuando el sucinto pero efectivo libreto se queda corto; cuando nuestras retinas derretidas por el impacto visual miran hacia el cerebro buscando algo más... aparecen dos actores como la copa de un pino.

Leonardo DiCaprio no necesita demostrar sus capacidades a estas alturas. Aún así, desnuda su cuerpo y su alma, buscando al animal que lleva dentro para llevarlo al límite, sin perder la esencia íntima de humanidad descarnada, inundada de nostalgia, tristeza y recuerdo por las irreparables pérdidas sufridas.

El mayúsculo actor rompe aquí todas las barreras, y sólo por la entrega ya debería ganar, de una vez, el Oscar que lleva años mereciendo.  

Pero eso no  es todo.

En raras ocasiones tenemos el placer de observar como DiCaprio, intérprete propenso a inundar la pantalla (en una película diseñada, además, para su lucimiento), recibe la réplica de otro titán llamado Tom Hardy.

Las  motivaciones del taimado Fitzgerald  son tan pragmáticas, tan primitivas, tan incuestionables pese al odio que suscitan, que resulta difícil señalarle como el 'malo de la película'.

No se puede entender  'El renacido', ni elevarla a los altares, sin rendirse ante un secundario tan relevante como el protagonista al que se enfrenta.

Iñárritu consigue que una obra desprovista de metáforas, incómoda, tremendamente violenta y no apta para estómagos sensibles, sea también bella, épica y, en ocasiones, más humana que otras propuestas que tiran de efectismos fáciles para revolver nuestras conciencias.

Respiren hondo y acepten el reto que les ofrece el hombre renacido. Si sobreviven a la experiencia, recordarán por mucho tiempo este filón dorado de puro Cine.

Lo mejor: el dúo protagonista, la impresionante fotografía y el ataque del Oso.

Lo peor: que no haya más directores capaces de facturar Blockbusters con libertad creativa.

Por: Eduardo Bonafonte Serrano.

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